lunes, 8 de julio de 2013

Vida cultural en los campos de prisioneros de guerra de la URSS (1ª parte)

Fragmento del libro: "Magyarok szovjet hadifogságban (1941-1956). Oroszországi levéltári források tükrében" (Húngaros en campos soviéticos de prisioneros de guerra (1941-1956). A la luz de las fuentes de archivo rusas"  de la historiadora Éva Mária Varga. Editado en el año 2009 por la editorial Russia Pannonicana, del Centro de Rusística de la ELTE (Universidad Eötvös Loránd de Budapest).  Por su extensión lo publico en dos partes.



CAPÍTULO VIII. VIDA CULTURAL EN LOS CAMPOS


"La cultura nació cuando dos hombres, en un rincón del barracón, o en el descanso del trabajo, se pusieron a hablar de algo algo diferente. ¿De qué? No lo sé ... Debía ser interesante porque un tercero les prestó atención, se sentó junto a ellos y se les unió. Este debió ser el momento en el que nació la cultura y empezó a extenderse" - escribió en su día István Örkény (escritor húngaro - N. del T.), en el campo de prisioneros de guerra de Krasnogorsk.  En el periodo inicial del internamiento el "diálogo" entre dos hombres solo podía estar centrado en el hambre, en la alimentación, en la ración de pan; con el paso del tiempo se pasó a la familia, la casa, y después empezaron a charlar de otros temas. Cierto que para eso era necesario que el hambre se calmara, que las condiciones en los campos se volvieran más organizadas. En palabras del propio escritor: "... según iba mejorando el abastecimiento y el hambre en el estómago se iba reduciendo, crecía el hambre por las letras". Tras el final de la guerra las condiciones de vida de los prisioneros de guerra fueron mejorando y se volvió cada vez mayor la necesidad interior de ocuparse con otras cosas, más allá del trabajo. Estudiando las fuentes de archivo podemos afirmar con toda tranquilidad que a pesar de las dificultades de la vida en los campos, para 1947-48, floreció una cultura de los campos, especialmente en el marco del movimiento antifascista, como extensión ideológica y organizativa de dicho movimiento. Sin embargo, sería erróneo sostener que este proceso surgió  exclusivamente a consecuencia de las directrices centrales soviéticas, por influencia del trabajo de educación política; más bien se trataba de la iniciativa espontanea por parte de los presos, aunque las condiciones para ella, evidentemente, fueron la mejora progresiva en el sistema de los campos y en sus condiciones de vida. Las fuentes de archivo demuestran que la dirección soviética quería asegurar a los presos ciertas posibilidades de enriquecimiento cultural. 

     "Casi en todos los campos el trabajo cultural comenzó con el intento de algunos de evocar de memoria las obras de teatro que habían tenido éxito en sus países. Surgieron también intentos de entretener a los prisioneros con obras demasiado ligeras -operetas, programas de cabaré, anécdotas y música sin ningún gusto" - así se asegura en un informe de finales de diciembre de 1949 del GUPVI (Comandancia Suprema para Asuntos de Prisioneros de Guerra e Internados en los Campos), que estudiaba la actividad cultural de los prisioneros húngaros. Este apunte crítico atestigua el bajo nivel cultural de "las masas educadas en la literatura de las cloacas" (expresión de István Örkény). El escritor resalta así la incultura de sus compañeros de fatigas: "Pero qué significa ser húngaro... entre mil húngaros hay casi mil que no lo saben. No conocen sus propias canciones, bailes, juegos. Ni aprecian en realidad a sus poetas y dramaturgos, a sus músicos o pintores. Y esta incultura bárbara no se ha difundido en las masas por la conquista tártara, sino justo al contrario: en el marco de la «superioridad cultural». Estábamos tan orgullosos de esta majadería como un bufón de la corte al pensar en sus pantalones bombachos o en su gorro de bufón. Ya se había tratado el tema en nuestra patria, sentíamos, sospechábamos  qué lamentables somos nosotros, los húngaros. (...) Pero hasta qué punto somos garrulos, incultos e ignorantes, nunca ha sido tan evidente como aquí, en los campos de prisioneros". Esta incultura, naturalmente no era un problema de los prisioneros de guerra, sino producto de décadas del  "país de los tres millones de mendigos", aunque esta "cualidad" se exacerbó con una brutalidad casi natural en las condiciones de guerra. 

Prisioneros de guerra alemanes y húngaros en las cercanías de Budapest, 1944. Fuente: Múlt-kor

    Ni que decir tiene que en 1942-43 no se abastecía regularmente los campos de libros, no se disponía de proyectores cinematográficos, y por la falta de base material no había instrumentos ni escenografía para el teatro o, por ejemplo, disfraces. Sin embargo en este aspecto los documentos muestran un gran avance. Años más tarde, mucho después de la guerra, los datos del informe enviado el 24 de mayo de 1950 por el ministro de interior, Kruglov, a los miembros del gobierno, hablan por sí solos: en los campos funcionaban 985 bibliotecas con casi 500 mil ejemplares de literatura política y artística en ruso y otras lenguas, solo entre 1947-49 trabajaban 3315 círculos de formación artística, que organizaron 179973 representaciones y 65717 proyecciones de cine para los prisioneros. 

   Aún teniendo en cuenta un cierto maquillado de datos, aún así es completamente fiable afirmar que el 40% los campos bajo control del GUPVI disponían de biblioteca. Incluso se editaban libros de carácter político para los prisioneros (por ejemplo "Cuestiones del leninismo" de Stalin, "Breve biografía del camarada Stalin", "Lenin y Stalin sobre el komsomol"), además de casi 30 mil ejemplares de diversas obras políticas y literarias. Se organizaron bibliotecas ya en el club de actividades antifascistas, ya en habitaciones separadas; en las estanterías, junto a los clásicos del marxismo-leninismo había también otras obras de carácter político, pero también literatura. Por ejemplo, además de "El fascismo, el enemigo más encarnizado de la humanidad" de Aleksándrov, "¿Cómo se gobierna el país soviético?" de Karpinski, "El «nuevo orden» fascista en Europa" o "Marx y Engels sobre la Prusia reaccionaria" de Jenő Varga (autor húngaro), también se encontraban clásicos de literatura rusa y soviética como Pushkin, Gorki, Tolstoi, Mayakovski, Gógol, Chéjov, Turguéniev y Éhrenburg. También la literatura alemana estaba bastante bien representada:  Goethe, Schiller, Heine. En algunos lugares los prisioneros de guerra podían incluso leer obras de Shakespeare y Julio Verne. En los archivos del GUPVI estudiados, de momento no hemos encontrado, desgraciadamente, datos concretos de la literatura traducida al húngaro disponible en las bibliotecas de las campos. Pero por un informe sobre el campo nº 260 sabemos que en ese campo, destinado sobre todo a prisioneros alemanes, el director de la biblioteca era un húngaro llamado Gerskovics y que este se encargaba de una colección de 12 mil volúmenes en lengua alemana, italiana, rumana y húngara. La biblioteca fue ampliando muy lentamente sus fondos, pero en 1948 ya se podía encontrar literatura artística (Éhrenburg: La tormenta; Pavlenko: Felicidad; obras del alemán Bredel; etc). La Comandancia del campo de Chkalov (en los Urales) estaba satisfecha con el trabajo del bibliotecario húngaro del campo, ya que en el primer mes consiguió popularizar 160 obras de carácter político. Por el mismo informe sabemos que en dicha biblioteca no había obras literarias en húngaro. Pero hay que tener en cuenta que para 1948 la mayoría de los prisioneros ya hablaban y leían bastante bien en ruso.

Con el objetivo de popularizar los clásicos rusos y la moderna literatura soviética, en los campos se realizaban frecuentemente sesiones de lectura, donde entre otros se leían obras como "Los campos roturados" de Shólojov, "Yevgueni Onieguin" de Pushkin, "La madre" de Gorki, "Una vela solitaria" de Katáiev, "La tormenta" de Éhrenburg, o "Sobre la educación comunista" de Kalinin.  También se organizaban veladas literarias dedicadas a la obra de escritores y poetas antifascistas. 

La actividad cultural e informativa en los campos de prisioneros de guerra, además de la educación política de los prisioneros (cuyo ethos cultural  era una tradición muy fuerte entre los bolcheviques), se dirigió también al reforzamiento de su estado de ánimo y quizás, sobre todo, a la disciplina en el trabajo. E incluso de tal manera que los prisioneros que mostraban una destacada actividad cultural eran recompensados de diversas maneras, para mostrar así ejemplo a los demás y aumentar la moral del trabajo. La principal retribución era, naturalmente, el ansiado regreso a casa; aunque no era frecuente, se dieron casos. 

Prisioneros del campo 159, en Odessa, Ucrania, 1947. Fuente:  Múlt-kor

Las proyecciones de cine después de la guerra se volvieron sistemáticas, y naturalmente mostraban a los prisioneros las obras de artistas soviéticos socialistas, así como películas educativas. En general solían traducir las obras a las diferentes lenguas de los prisioneros. Generalmente la presentación de la película era anticipada por una pequeña introducción explicativa. En 1949 se proyectaron 121 películas en los diferentes campos. Algunos ejemplos de la oferta: "Lenin en Octubre", "Lenin en 1918", "V.I. Lenin", "Glinka", "El juramento", "La novia lejana", "La batida", "El asesino entre nosotros", "Chapáiev", "Encuentro en el Elba", "Michurin", "El académico Pavlov", "La flor de piedra", "La maestra rural", "La novia rica", "El desfile de la victoria", "Tractoristas". Las palabras del prisionero húngaro István Hajós revelan muchas cosas: "Por primera vez en mi vida vi una película de cine siendo prisionero de guerra en la URSS. Como en Hungría vivía en una aldea, muchos de entre nosotros ni siquiera sabíamos qué era un cine". 

    Un papel muy importante en la vida cultural de los campos lo jugaban los diferentes círculos de formación artística; la participación en ellos ayudaba a los prisioneros a desconectarse de las difíciles condiciones de la vida de los campos. En casi todos los campos había una orquesta, un coro, o un grupo de canto. La dirección de los campos prestaba bastante ayuda a estas manifestaciones artísticas. Gran parte de los instrumentos eran fabricados por los propios prisioneros, pero también podía pasar que la dirección les hiciera llegar unos cuantos instrumentos del botín de guerra. También se dio el caso de que los prisioneros reunieran dinero para comprar los materiales necesarios para la función. Frecuentemente, entre los habitantes de los campos había músicos profesionales, que podían así elevar la vida musical de los campos a altos niveles. En este aspecto la oferta era muy variada: desde la música clásica hasta la música ligera, pasando por el jazz, podía escucharse cualquier cosa. En el campo de Usman encargaron al sacerdote benedictino Alfonz Nádasi la organización del coro húngaro. El comandante del campo le impuso una sola condición al "cura músico", como se hacía llamar él mismo: no podía dirigir "La Internacional" (que hasta 1943 fue himno nacional de la URSS). Llegaron incluso a multarlo a un día de encierro, pero acabaron aceptando que los conciertos comenzaran, sino con la Internacional, al menos con el himno soviético, con tal de que se organizara cuanto antes el coro húngaro. Los prisioneros húngaros de este campo comenzaron su "carrera musical" con obras de Kodály, Bárdos y Halmos. En los campos 467 y 74, de la región de Liublino, cerca de Moscú, había tanto coro como orquesta húngara. Junto a su propia música nacional, progresivamente fueron apareciendo en el programa de las orquestas las obras de autores rusos, como las de Rimski-Korsakov, Músorgski, Glinka, Borodin, Chaikovski, así como la de clasícos occidentales: Beethoven, Chopin, Brahms.

Las obras de teatro supusieron la cumbre de la vida cultural de los campos. Aunque suene paradógico, en la vida de muchos fue entonces cuando empezó a quedar claro  qué significa la propia iniciativa. Para poner en marcha una función casi todos tenían que poner algo de su parte en los preparativos, los representantes de las diferentes especialidades se dividían las tareas y se preparaban durante semanas llenos de excitación. "El teatro se convirtió en una cuestión pública, incluso nacional. Comenzó incluso una competición entre las distintas nacionalidades para ver quién hacía lo más bonito, lo más original y llamativo" - escribió Örkény. En estos teatros de los campos, todo era excepcional. Los papeles femeninos eran en su mayoría interpretados por hombres y los propios presos preparaban los adornos y los disfraces. Los pobladores de los campos dieron muestra de gran ingeniosidad, como por ejemplo cuando fabricaron una peluca con alambre que habían "conseguido" de la fábrica donde trabajaban, para el "actor" alemán que representaban a la Julieta de Shakespeare. La "peluca poética" debía pesar unos cinco kilos, así que no es de extrañar que Julieta andara tambaleándose. Naturalmente los consejeros políticos de los campos seguían continuamente el contenido de las obras que se representaban, llegaron incluso a solicitar algunas piezas, pero fundamentalmente eran los propios presos los que determinaban el repertorio de obras, ellos eran los autores y los realizadores de estas actuaciones. Las tradiciones culturales nacionales eran las que formaban principalmente la base de las obras de los presos de guerra.  (....)

(fin de la primera parte, que abarca desde la página 309 hasta la 314 del libro)